Tengo tantas ganas de que vengas con tu aire de superioridad, creyéndote mejor que nadie… que salgamos a pasear, nos tomemos unas cervezas y no me mires a la cara, que salgamos de fiesta y empieces a mirarme a los ojos, irnos sin despedirnos de nadie, empujarte contra el ascensor y salir de el sin camisetas, otra vez, besarnos tan rápido como podamos, aguantar la respiración por el pasillo para que no nos oigan. Tirarnos contra el suelo, o contra la cama, según nos pille. Mordernos. Hasta que no te quede ni un centímetro de tela cubriéndote el cuerpo, mi lengua lo recorra desesperadamente y me pidas, con los ojos más que abiertos, arañándome la espalda que acabe ya, por favor. Y así ver, que no eres más que nadie, que tienes debilidades, como los demás.

Y tengo tantas ganas de que venga ella, siendo tal y como es… tan dulce, tan alegre y morirme de ganas de mirarla a los ojos y besarla despacio, acariciarla y dedicarle a cada poro el tiempo que se merece, besarle el cuello, tocarle la boca con las yemas de los dedos. Dibujarle letras en la espalda, jugar. Y al acabar que me sonría, me abrace, dejando ver de esa forma, transparente, lo que quiere, lo que necesita, por que necesita cosas, como todos, como tu y como yo.